Emilio Carcur entra unos minutos tarde a la cita. Lleva un abrigo vintage marrón de Louis Vuitton, camisa blanca perfectamente entallada y un colgante de brillantes. Nada en él es discreto. Tampoco su biografía, que se despliega en la conversación con la naturalidad de quien ha vivido varias vidas en una sola. Carcur habla como si estuviera en escena: seduce, persuade, sabe conversar.
En Thai Garden ha instalado su Tailandia imaginada. A la entrada, un altar budista recibe a quien cruza la puerta. Dentro, ramos de flores blancas exuberantes, piedras doradas diseñadas por él mismo y una decoración impoluta construyen una escenografía que no pretende copiar, sino interpretar el país asiático. “Me invento una Tailandia, una Tailandia mía”, dice.


Carcur forma parte de la historia de la hostelería madrileña más mítica. En 1994 abrió con enorme éxito el primer Thai Garden en el barrio de Salamanca, en una entonces desértica calle Jorge Juan. Por sus mesas pasaron nombres del cine y la cultura como Pedro Almodóvar, Marisa Paredes o Bibiana Fernández de quienes guarda con cariño infinidad de anécdotas. “Fue un sin igual” y aunque le han tentado para volver con nuevos proyectos, no le interesa revivir el pasado glorioso. “Ya tuve gloria y lo digo con orgullo pero es una etapa hecha”.
Su trayectoria, sin embargo, no ha sido una línea recta. Mientras llegan los entrantes a la mesa como los crujientes rollitos de pato con salsa Hoi Sin, habla de los vaivenes económicos, de los éxitos y de los fracasos como empresario y del sinfín de celebrities con las que se ha cruzado. “Lenny Kravitz y yo éramos vecinos en Miami, pero no le reconocí aquella noche”, recuerda.

Ha sabido navegar entre los egos de Prince, Catherine Deneuve, Madonna o Isabel Preysler. Sus proyectos en medio mundo se entrelazan con los cuidados platillos que viajan hasta las calles de Bangkok como las colas de langostino en tempura con coco rallado y sésamo o la exquisita carne seca con hierbas.
Antes de Tailandia estuvo París, la ciudad que le cambió. Llegó al restaurante Blue Elephant tras su apertura en Bruselas, donde la marca abrió su primer restaurante en el continente. Un amigo le animó a trabajar como host en sus días libres y con apenas 26 años, terminó encargándose de la apertura en la capital francesa. “Gracias al restaurante entré en París por la gran puerta junto a la alta sociedad”. Era, dice, “un París detestable”, pero también divertido y estimulante, y donde conoció entre otros a la chef Nooror Somany, actual totem y embajadora culinaria de Tailandia.
Si algún día escribiera sus memorias —algo a lo que de momento se niega — el libro tendría por título Desde la mesa 26, porque en ella se sentaron presidentes de la República, supermodelos y clientes capaces de llevar a cenar a su mascota, una vaca con cencerro incluído.

Los platos principales llegan mientras la conversación salta de país en país: tallarines salteados al wok con jugosos langostinos, brotes de soja, cacahuetes y un toque de chile rojo comparten espacio con una vida profesional que solo crecía pero impedía que durmiera en su cama junto a sus adorados perros. Viajaba sin parar: Tailandia, Hong Kong, Estados Unidos; restaurantes en México, São Paulo, Panamá, Casablanca. «Hubo un momento en que dejé de tener vida personal» admite.
“Ya me cansé de no estar en mi casa”. Hoy, asentado en Madrid, dice sentirse feliz. Sigue al frente de Thai Garden, pero no se detiene. Prepara pop ups en Marbella y Menorca, siempre a su manera ofreciendo ante todo algo una experiencia única. “Todo lo que hago es un espectáculo” comenta entre risas. “Lo que hago o lo hago con amor, o no lo hago”. Bienvenidos al universo Carcur.








