Hay momentos en la vida de una bodega que no se definen tanto por el vino como por la persona que empieza a elaborarlo. La añada 2025 de Santiago Ruiz responde a ese tipo de transición silenciosa, donde el cambio no se anuncia, pero se percibe.
La llegada de Chema Ureta al frente de la elaboración introduce una nueva lectura sobre un proyecto con una identidad muy consolidada. Con más de veinticinco años de experiencia en Rías Baixas, su trayectoria no se ha construido desde la ruptura, sino desde la observación continuada del viñedo atlántico y de sus equilibrios. En su caso, el conocimiento no responde únicamente a la técnica, sino a una relación prolongada con el territorio.
Este punto de partida resulta clave para entender su trabajo en Santiago Ruiz. Frente a una posible reinterpretación del estilo, Ureta opta por un enfoque más contenido: leer lo que ya existe antes de intervenir. No se trata de imponer una firma, sino de reconocer una identidad previa y trabajar desde ella. En un contexto donde la figura del enólogo tiende a asociarse con la autoría, su posición resulta, en cierto modo, contracultural.
O Rosal, con su complejidad climática y varietal, exige precisamente ese tipo de aproximación. La diversidad de uvas y la influencia atlántica no dejan demasiado margen para decisiones artificiosas. Aquí, la precisión no es una elección estética, sino una necesidad. Y es en ese marco donde la experiencia de Ureta encuentra su sentido: en la capacidad de ajustar sin alterar, de intervenir sin desplazar el origen.

El vino, en este contexto, funciona casi como un reflejo de esa actitud. Más que buscar protagonismo, parece construido desde la contención, con una expresión afinada donde cada elemento ocupa su lugar sin imponerse. La frescura, característica de la zona, se presenta aquí con mayor definición, sostenida por una acidez que estructura sin endurecer.
Pero quizá lo más interesante de esta etapa no está en los matices concretos del vino, sino en la forma en que se plantea el relevo. Lejos de una narrativa de cambio, lo que propone Santiago Ruiz 2025 es una continuidad consciente, donde la evolución se produce desde dentro y a un ritmo que respeta tanto el viñedo como la historia de la bodega.
En este sentido, incluso elementos como la etiqueta: ese mapa dibujado por el fundador para una celebración familiar, adquieren una nueva lectura. Más que un gesto anecdótico, funciona como un recordatorio de que, en proyectos como este, el vino no es el punto de partida, sino una consecuencia de algo más amplio: una forma de entender el lugar y de permanecer en él.






