Torralbenc: el agroturismo menorquín que cultiva vino

En Menorca, más conocida por sus calas que por sus viñas, un terreno discreto del interior ha recuperado protagonismo con un proyecto que enlaza cultivo, cocina y agroturismo de alta calidad. 

Un paisaje recuperado

Torralbenc, ubicado en Alaior, a unos 15 kilómetros de Mahón, abrió sus puertas en 2013 como uno de los primeros hoteles de agroturismo de lujo de la isla. El espacio, decorado en tonos teca, blancos y maderas claras, invita a bajar el ritmo desde el primer minuto. El enclave lo exige: además de sus 23 habitaciones, piscina y jardín y vistas al Mediterráneo, presume de viñedos y de Llave Michelin, reconocimiento con el que la guía francesa distingue a los mejores alojamientos.

A pesar de que Menorca aún no cuenta con denominación de origen propia para sus vinos, Torralbenc lleva más de una década empujando el desarrollo de sus viñas, plantadas en 2003 con enormes dificultades ante un terreno calcáreo, rebelde y pedregoso. El empeño de la familia Ramírez de Ganuza, con experiencia previa en bodegas y vínculos con la alta cocina como el restaurante Akelarre – resultó decisivo para que esta antigua masía del siglo XIX diera nuevos frutos. En 2016 y después de años de intenso trabajo en la viña, consiguieron lanzar al mercado su primer vino. Le siguieron nuevas referencias hasta completar las seis actuales con  el reconocimiento por parte de The World of Fine Wine y de publicaciones especializadas.

Vinos nacidos junto al mar

A partir de viñas plantadas hace algo más de una década, se obtiene hoy una pequeña producción pensada para el clima de la isla y el paladar cosmopolita que recibe cada temporada. Una de las figuras que aporta personalidad al proyecto es el sumiller Claude Geyer, implicado en la divulgación del trabajo vitivinícola de la finca y encargado de conducir las catas – abiertas también al público general – en las que se presentan sus vinos.

Entre ellos, destaca el Monastrell Rosado de inspiración provenzal, ligero, frutal y de acidez contenida, que acompaña bien arroces junto al agua o una cena informal en terraza. La bodega elabora también un blanco, el Torralbenc 2022, ensamblaje de sauvignon blanc, parellada, chardonnay y viognier, fermentado sobre lías durante tres meses, lo que le aporta volumen y cremosidad sin renunciar a la frescura. En tintos, apuestan por elaboraciones ligeras, como el Torralbenc 2022, afinado ocho meses en barrica de roble francés, donde merlot y syrah componen un perfil de fruta roja, notas balsámicas y especias. De momento, los vinos se producen en instalaciones externas, aunque ya está proyectada la construcción de una bodega propia en la finca.

Una cocina que dialoga con su entorno

Más allá de los viñedos, el restaurante de Torralbenc ha sabido construir un discurso propio, con una propuesta reconocida por la Guía Michelin de nuevo en 2025 que pone en valor el producto local y la temporalidad. Desde los desayunos, con frutas, panes artesanos, mermeladas y repostería hasta la carta de mediodía y noche, la oferta tiene en su eje a los productores menorquines.

Entre sus platos, destacan las carnes y pescados a la brasa, elaborados en la que se considera la última parrilla de hierro antigua en activo de la isla, y una despensa que aprovecha los ingredientes que da la propia finca. Para quienes prefieren dejarse guiar, ofrecen un menú degustación de ocho pases (imprescindible reservar). 

La finca conserva, además, una plantación de olivos arbequina de la que se obtiene un aceite exclusivo para el restaurante y un pequeño huerto que se puede visitar junto a una de las entradas del hotel. De allí salen patatas, cebollas, berenjenas, lechugas y aromáticas que abastecen la cocina. La apuesta por el kilómetro cero se refuerza con medidas como un sistema de riego por goteo, una furgoneta eléctrica y la eliminación casi total de plásticos en el día a día.

La carta se mueve entre entrantes de temporada – como tomates de la huerta o pimientos rellenos de pato con escabeche de alcaparras- , opciones como verduras disponibles, arroces, pescado fresco  – que varían según el día: gamba roja, langosta,  – y postres como el flan de la casa que se ha convertido en un must. Se puede comer en el comedor, sobrio y silencioso, o en la terraza, especialmente recomendable al atardecer.

Bajo un lujo discreto, el hotel está decidido a representar una manera diferente de entender el turismo de alta gama sin desligarlo del paisaje ni de la cultura local, una reivindicación no sólo del propio hotel sino de las islas. Tanto es así que una de sus últimas iniciativas ha sido colaborar en la recuperación del Camí de Cavalls, el sendero de 185 kilómetros que bordea Menorca casi en su totalidad y que, tras siglos de historia, vuelve a estar accesible a través de una ruta completa de doce noches y diez días con tramos a pie y a caballo junto a guías. 

Además, la finca se ha convertido en escenario habitual de retiros de pilates, yoga y actividades deportivas al aire libre de la mano de la entrenadora menorquina Adriana Sintes. Un enclave wellness concebido para recordar que, a veces, el auténtico lujo está en saber frenar.

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Sandra Sanz
Sandra Sanz
Es periodista gastronómica freelance con más de una década de experiencia escribiendo sobre comida y bebida. Ha colaborado en diferentes medios digitales y trabaja en comunicación con proyectos que dan bien de comer. Tiene un máster de coctelería en la Cámara de Comercio de Madrid y forma parte de la última edición del máster en Comunicación y Periodismo Gastronómico de The Foodie Studies. En 2025, le fue concedida la IV Beca Emilio Pardo Bazán de Literatura Gastronómica en Residencia de Col&Col. Le interesan las historias detrás de cada plato.

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